Musica que me gusta

  • The Knife
  • Royksopp
  • Fever Ray
  • Orbital
  • Kraftwerk
  • Beach House
  • Cold Cave
  • MGMT
  • Yeasayer
  • Delphic
  • Crystal Castles
  • LCD Soudsystem

martes, 17 de julio de 2007

EL HOYO NEGRO

Desde que era niño, a Mariano se le inculcó que tenía que destacar: ser el primero en la clase, en los deportes, el más limpio, el más puntual, el mejor amigo. En aquel tiempo era relativamente fácil estar presente cuando el mundo se limitaba a cosas que entonces parecían fundamentales. Más tarde comprendió la complejidad de la vida y del mundo mismo.

Con el paso de los años, comenzó a llamar la atención de las chicas con facilidad. Los gustos e intereses cambiaron, pero la actitud permaneció: ser el primero, el que más ligaba, el más galán, el del mejor cuerpo. Así creció, aunque siempre con una insatisfacción latente, una incomodidad silenciosa. Sin embargo, no podía hacer otra cosa que continuar con aquella actitud aprendida; rebelarse no parecía una opción viable y, en el fondo, temía que hacerlo le perjudicara más de lo que pudiera ayudarle.

Pasó el tiempo y, después de algunos años, formó una familia: una bella esposa y unos hijos adorables, a quienes trató de inculcar los mismos valores que él había recibido de generaciones anteriores, transmitidos principalmente por su padre.

La espina seguía ahí, como una piedra en el zapato que no permite caminar del todo cómodo, pero que uno no se decide a retirar porque piensa que no es tan grave. Hasta que llega el momento en que se dice basta. Hasta aquí.

Un día, casi sin proponérselo, fue descubriendo poco a poco que su mundo de perfección estaba basado en una serie de mentiras. No solo las que su esposa e hijos le habían hecho creer, sino una cadena que se remontaba a sus propios padres. Aquella insatisfacción que había sentido desde niño no era algo normal. Pero ¿no sería ya demasiado tarde para cambiar, para redefinirse, para alterar el rumbo?

Descubrió que su querida Elena, la mujer que había conocido desde la preparatoria y que desde el primer instante decidió que sería la madre de sus hijos, no era la mujer intachable que había imaginado. Todos los jueves asistía a reuniones en las que supuestamente jugaba canasta con otras damas honorables. En realidad, formaba parte de un club secreto de mujeres insatisfechas con su cuerpo, donde exploraban su sexualidad de la manera que les resultara conveniente en cada reunión. Podía ser una mujer, podían ser dos, algún hombre o incluso situaciones extremas. En ocasiones ocurrían accidentes y entonces aparecía un nuevo “objeto” con el cual jugar, disfrutar y deshacerse de él como de cualquier otra cosa o persona utilizada para su recreación.

Todo esto lo descubrió por casualidad. Ella olvidó su celular y, sin querer, leyó los mensajes que comenzaron a llegar. La curiosidad se desató y empezó a investigar: dónde se reunían, quiénes asistían, a qué hora. Lo que terminó de despertar sus sospechas fue notar que había invitados que nunca salían. Horas después no había rastro de ellos. Nunca. Como si algo —o alguien— se los hubiera tragado. Y no estaba tan lejos de la verdad.

Zahara, su hija de dieciséis años, siempre fue tratada por él como el centro de su vida. Por eso fue devastador descubrir, a través de una red social, que aquello que él miraba con ternura era en realidad una personalidad cargada de odio y perversión. Seguramente influenciada por su madre, había desarrollado pensamientos violentos que no tenía reparo en hacer públicos. Odiaba a sus maestros, a sus compañeros, despreciaba a los chicos que la halagaban y se recreaba describiendo cómo acabaría, uno a uno, con quienes la rodeaban, incluyéndolo a él.

Después vino Frank, su hijo, irreconciliablemente disgustado con su padre. Tal vez porque lo había obligado a seguir un código de conducta y una serie de comportamientos que el propio Mariano comenzaba a reconocer como fallidos. No podía acercarse a él ni hablarle sin que surgiera un conflicto. Era la rebeldía hecha persona. Más de una vez le gritó cuánto lo odiaba por haberlo alejado de la música y haberlo forzado a estudiar contaduría: el viejo deseo de los padres de que los hijos sigan sus pasos.

Así, sin nada que perder, decidió que ese día dejaría de ser quien había sido. Dejaría de ser el padre ejemplar que nunca logró ganarse el respeto de sus hijos; el esposo complaciente que satisfacía cada capricho de su amada esposa; el trabajador excelente, premiado mes con mes con bonos que sentía más bien como una coartada para desperdiciar su intelecto; el vecino amable y tolerante.

Todo ello se resumía en una frase que su padre le había repetido desde niño y que sentía tatuada en la frente: “Tienes que trascender, dejar huella en los demás. Si no, eres un fracasado, un don nadie; ni siquiera podrás confiar en ti mismo.”

Había llegado al punto en que ya no quería nada de eso. No quería trascender. Quería ser olvidado. Borrarse. No dejar huella en nadie. Que su existencia pasara inadvertida. Que nadie recordara a Mariano, el hombre ejemplar digno de admiración.

Ese jueves sabía que su casa estaría vacía: su hija encerrada en su propio odio, su hijo en cualquier lugar menos ahí, si es que a eso podía llamársele hogar. Una mentira sostenida durante veinte años que no pensaba prolongar más.

No se enfrentó a nadie ni cometió ningún acto desesperado. Simplemente se fue.

No se llevó nada. No dejó notas de despedida ni hizo movimientos financieros. Todo quedó exactamente como estaba. No quería que nadie notara su ausencia.

Y finalmente, después de tanto tiempo, se sintió liberado: libre de las ataduras que más daño le habían hecho.

Nunca se supo más de él. Efectivamente cayó en el olvido. En ese olvido que a tantos aterra enfrentar. Nadie lo recordó, nadie lo buscó, nadie siquiera lo intentó. Pasó completamente inadvertido, como una presencia fantasma.

Y eso —eso— fue lo más reconfortante para Mariano: desaparecer sin temor alguno. Pasar, al fin, al olvido.