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lunes, 19 de julio de 2010

LA VIDA EN EL ANEXO I















Cuando finalmente llega el momento en que decides entrar a rehabilitación es porque ya has agotado tus balas. Has agotado la paciencia de tu familia, has agotado el amor que las personas sentían hacia ti, has agotado tu propia paciencia y tus recursos, las opciones que tenías para pasar desapercibido. Generalmente lo haces después de haber hecho “una grande”. Piensas que ya no hay forma de solucionar la situación: te llevaste el coche, vendiste la casa, acabaste con los muebles, estafaste a tus padres durante el último semestre con las colegiaturas o algo por el estilo y, definitivamente, no crees tener el valor para enfrentarlo o simplemente no quieres hacerlo. Muchas veces decimos que es para “parar la bronca”, pero en el fondo hay una contradicción enorme dentro de ti.

Lo primero es aceptar que el hartazgo es real. Tu vida se ha convertido en algo que nunca imaginaste, y no precisamente de la mejor manera. Lo que juraste que nunca harías, lo hiciste. De verdad existe el deseo de terminar con todo eso: una vida llena de complicaciones, de autosabotaje, de decepciones hacia ti mismo y hacia los demás. Eso muy pocas veces lo comprenden los médicos, los terapeutas y muchos de los que te quieren. Vivir en un estado permanente de confusión y contradicción resulta incomprensible para quien no lo ha experimentado y probablemente nunca lo hará.

No es una situación envidiable. Lo que te gusta es lo que más te daña; lo que te hace sentir bien es lo que te ha traído miles de problemas de todo tipo. Sin embargo, dentro de ti sigue existiendo ese deseo que solo se satisface en ciertos momentos, esos en los que sabes que todo se va por la tubería y no tendrás que soportarlo: los reclamos de tu esposa preguntándote por el gasto y la quincena; el llanto de tus hijos porque no has cubierto sus necesidades; las preguntas de tu madre sobre qué estás haciendo con tu vida; el hostigamiento de tu jefe por la baja en tu productividad; las dudas de tus amigos sobre por qué te has alejado y vuelto tan retraído.

¿Dónde estás?, ¿qué haces?, ¿por qué no llegas?, ¿qué haces con tu dinero?, ¿en qué pasos andas?, ¿andas con el narco?, ¿en negocios sucios?, ¿engañas a tu mujer?… Un infinito etcétera que rebota en tu cabeza día y noche: al despertar, al dormir, al trabajar, al comer, en el baño. Te persigue sin tregua hasta que el peso de la realidad que vives —y que tú mismo has provocado— se vuelve insoportable.

Conoces el problema y sabes que la solución que has tomado no es la mejor. La puerta falsa. Una salida fácil. Engañarte a ti mismo. Eso es lo que has decidido. Sabes que solo durará unas horas, que el placer no irá más allá de unos minutos y que, sin duda, estás enrolado. Pero conforme avanzas, la realidad se vuelve cada vez más insoportable, así como las personas, los días, los horarios, los cuestionamientos y todo aquello que te presiona.

Esto es lo que muchas personas no soportan, no entienden, no aceptan. No está permitido. Todos necesitamos alguna salida para no enloquecer con la vida que llevamos, con las presiones sociales, con nuestra propia existencia y nuestros demonios.

¿Tú cómo lo haces?
¿En qué te obsesionas?
En la limpieza, en el trabajo, en el orden, en los hombres o las mujeres, en el alcohol, en tener cosas materiales, en la belleza, en las novelas, en internet, en el arte, en la música, en seguir a tu banda favorita, en que a tu familia no le falte nada, en que los niños sean los mejores, en mejorar tu cuerpo, en la vida saludable, en la fe, en el deporte, en seguir a tu equipo favorito, en ser el alumno más destacado, en ser el hijo ejemplar.

Todo podría ser permitido, pero si ingieres una sustancia más fuerte que el alcohol todo cambia. Surge el estigma: eres el mariguano, el drogadicto. Pero al hacerlo tú cambias. No eres el mismo. Por un momento —y solo un momento— el mundo se detiene. Eres lo que siempre has querido ser. El miedo, el terror, la angustia se van, desaparecen. No existen. Solo estás tú y lo que quieres sentir, lo que quieres creer, hasta dónde quieres llegar, lo que te agrada. En ese instante no existen los demás, no hay horarios ni tiempo, no hay citas, obligaciones ni responsabilidades.

Es el estado perfecto que todos, en mayor o menor medida, quisiéramos experimentar, pero pocos se atreven a probar.

El precio, sí, es muy alto. La factura te la cobrará la vida en algún momento. Pero en ese instante eres tú, tu vida y tu ser en el mundo que siempre quisiste disfrutar, aunque muchas veces tu percepción esté alterada. Eso no lo sabrás sino mucho después.

Dicen que todo lo bueno dura poco y, para ti, en ese momento, eso es bueno.

Cuando estás al límite y crees que ya no habrá salida, que lo único que puedes hacer para intentar detener la bola de nieve que has creado es alejarte, lo haces: te alejas de todo. De compromisos, trabajo, escuela, familia. Todo con tal de no seguir. Aunque la verdad no eres consciente de ello hasta el momento en que estás saliendo de casa.

Tu hogar deja de serlo. Y casi siempre para siempre. El día que sales, nunca vuelves de la misma manera. Tu casa, tu cuarto, tus cosas —si es que aún tienes algo— ya no volverán a ser tuyas. No regresarás, porque ahora eres el indeseable, el peligro para la familia. Te quieren, pero lo más lejos posible. Vive tu vida, pero deja de chingarnos la existencia; bastante tenemos como para que seas una carga más. Eso nunca lo pensaste.

Nunca volverás a ser el mismo, para bien o para mal. La experiencia dice que la mayoría no sale bien librado. Sabemos que es un problema difícil y, con la satanización de los hechos actuales, no somos más que la escoria de la sociedad. La política gubernamental se enfoca en la prevención y en la atención a consumidores principiantes y adolescentes; por los demás ya no vale la pena invertir presupuesto ni hacer intentos de recuperación. Las estadísticas nos clasifican como casos perdidos.

Somos los que han perdido toda clase de derechos. Los que la gente “bonita” no ve o no quiere ver porque no encajan en su mundo de orden. La falla del sistema. El error en la Matrix. Los que estorban, los que deben desaparecer, los que no encajan en la sociedad, los indeseables. Los que no caben en ningún lado porque en todos se cerraron las puertas. Los que no conocen el éxito y no tienen derecho a hacerlo por el daño que le hacen a su cuerpo. Los que no tienen futuro. Los condenados. Las ovejas negras.

Y, sin embargo, a pesar de esta visión generalizada sobre el adicto, la realidad es otra. Hay un potencial enorme, como pocas personas lo tienen. Tal vez mal encauzado: energía de sobra, creatividad, talento, capacidades sorprendentes para la organización, la administración y el esparcimiento. Capacidad para obtener recursos y utilizarlos en cosas que podrían dejar a más de uno pensando.

No sé cómo sea la cárcel, porque nunca he estado en ella, pero este lugar tiene sus tragos amargos, bastante amargos. La vida aquí es dura, de una manera que la gente de afuera no puede imaginar. Lo que sucede rara vez se recuerda y menos se habla. Pero esta vez no. Esta vez no será así.

Tu mundo bello y ordenado, como quiera que lo hayas construido, terminó. Y no al ingresar: tú lo eliminaste, lo exterminaste, lo destruiste como un soldado hambriento de sangre en guerra. Ahora lo único que queda es un camino desconocido, desolado, del cual no sabes si vas a sobrevivir.

lunes, 5 de julio de 2010

MI CRONICA DE LA MARCHA DEL ORGULLO 2010

Por Hugo Enrique Armenta.
Desde que tenia mas o menos 16 años tuve la costumbre de asistir a lo que por años fue la llamada Marcha del Orgullo Homosexual,eran la década de los años 90's y aunque ya no me toco vivir la era del terror como muchos amigos me han llegado a comentar,(redadas,extorsiones policíacas y de supuestos vigilantes) , sí era muy diferente la situación social que se vivía en aquel 1994. No era común ver a parejas de hombres jóvenes, casi adolescentes, en las estaciones del Metro tomados de la mano ni mucho menos besándose. Alguna vez con mi pareja de aquel tiempo ,el simple hecho de caminar abrazados era motivo para que nos gritaran desde los autos ¡pinches putos! ¡maricones! y un largo etcétera por todos bien conocido. Con el tiempo deje de asistir a este evento y había olvidado la razón,hoy la recordé...
A pesar de que eran tiempos mas dificiles para declararse homosexual (claro ya muchos iban abriendo camino) había una lucha que se notaba en esas marchas.Sí,era salir y besarse, tal vez con el hombre que acababas de conocer y aprovechar la situación para hacerlo a plena luz del día, pero también era luchar por lo que no se había logrado,era impensable que se iba a llegar algún día a aprobar una ley como las Sociedades de Convivencia y mucho menos pensar en matrimonios entre personas del mismo sexo o adopciones, derecho a seguridad social y varias que hoy en día hemos visto como finalmente se han cristalizado y vuelto una realidad. Un Carnaval, si ,pero con un sustento que le daba una fuerza,transgredir pero con un sentido.
Ahora ,no es que se hayan conquistado todos los derechos de la comunidad ,al contrario,creo que los mas importantes aún están pendientes:
La impunidad de los crímenes por homofobia es tal vez la mas preocupante, el acceso a un esquema completo de salud para personas que viven con VIH-Sida, la consolidación de una verdadera comunidad LGBTTTI incluyente (por que dicho sea de paso dentro de la tolerancia somos bastante intolerantes), el reconocimiento total de las personas de la diversidad como ciudadanos de primera con derechos y obligaciones iguales y sobre todo que lo que se ha avanzado no se quede en el discurso, llevarlo a la realidad (hagamos algo real ,parafraseando a Delphic),sin embargo todo creo que se ha quedado a medio camino.

Tal vez hemos perdido el rumbo de hacia donde queremos ir,tal vez las lentejuelas nos han deslumbrado y ahora el mismo brillo nos ha opacado el camino,este año sí ,hubo fiesta,hubo carnaval,pero desangelado,sin un sustento,no hubo consignas y no porque no haya porque luchar, no creo que solamente se trate de salir por salir ; muchos conocidos comentaban antes de que saliera rumbo al evento que preferían no ir,que la lucha era de otras formas,que era un evento grotesco y demás,yo pienso que no. En mi opinión siempre hubo un espíritu que movía a las buenas conciencias y llegaba a tocar algo en aquellas personas que nunca hubieran imaginado que un movimiento así existía en México.
En twitter y las redes sociales fue triste ver como mucha gente que se siente y se dice de lo más moderna ,de avanzada ,trendy para estar a tono,expresaba su rechazo a este evento con expresiones como ¿a poco si muy orgullosos de ser putines?, "pinches putos y que salen a celebrar", "son putos y todavía se anuncian" y bastantes más que dejan ver que a pesar de vivir y usar la tecnología del siglo XXI su pensamiento es de la edad media.
Creo que si lucieron much@s, no hay porque restarle importancia a quien asistió, sigue siendo algo que muchos nunca hubieran imaginado: los modelitos,las plumas,el cuero y el látex estuvieron presentes ,pero ahora habrá que preguntarnos ....¿hacia donde vamos a luchar?, ¿qué es lo que no hemos logrado? o simplemente se trata de vivir y morir sin dejar huella ,sin trascender.Si es así habrá que empezar a resignarnos a pasar al olvido sin que esto nos cause sentimiento alguno...Hoy viví mañana no me importa ...tal vez ese sea el precio de vivir en los 10's .