Cuando finalmente llega el momento en que decides entrar a rehabilitación es porque ya has agotado tus balas. Has agotado la paciencia de tu familia, has agotado el amor que las personas sentían hacia ti, has agotado tu propia paciencia y tus recursos, las opciones que tenías para pasar desapercibido. Generalmente lo haces después de haber hecho “una grande”. Piensas que ya no hay forma de solucionar la situación: te llevaste el coche, vendiste la casa, acabaste con los muebles, estafaste a tus padres durante el último semestre con las colegiaturas o algo por el estilo y, definitivamente, no crees tener el valor para enfrentarlo o simplemente no quieres hacerlo. Muchas veces decimos que es para “parar la bronca”, pero en el fondo hay una contradicción enorme dentro de ti.
Lo primero es aceptar que el hartazgo es real. Tu vida se ha convertido en algo que nunca imaginaste, y no precisamente de la mejor manera. Lo que juraste que nunca harías, lo hiciste. De verdad existe el deseo de terminar con todo eso: una vida llena de complicaciones, de autosabotaje, de decepciones hacia ti mismo y hacia los demás. Eso muy pocas veces lo comprenden los médicos, los terapeutas y muchos de los que te quieren. Vivir en un estado permanente de confusión y contradicción resulta incomprensible para quien no lo ha experimentado y probablemente nunca lo hará.
No es una situación envidiable. Lo que te gusta es lo que más te daña; lo que te hace sentir bien es lo que te ha traído miles de problemas de todo tipo. Sin embargo, dentro de ti sigue existiendo ese deseo que solo se satisface en ciertos momentos, esos en los que sabes que todo se va por la tubería y no tendrás que soportarlo: los reclamos de tu esposa preguntándote por el gasto y la quincena; el llanto de tus hijos porque no has cubierto sus necesidades; las preguntas de tu madre sobre qué estás haciendo con tu vida; el hostigamiento de tu jefe por la baja en tu productividad; las dudas de tus amigos sobre por qué te has alejado y vuelto tan retraído.
¿Dónde estás?, ¿qué haces?, ¿por qué no llegas?, ¿qué haces con tu dinero?, ¿en qué pasos andas?, ¿andas con el narco?, ¿en negocios sucios?, ¿engañas a tu mujer?… Un infinito etcétera que rebota en tu cabeza día y noche: al despertar, al dormir, al trabajar, al comer, en el baño. Te persigue sin tregua hasta que el peso de la realidad que vives —y que tú mismo has provocado— se vuelve insoportable.
Conoces el problema y sabes que la solución que has tomado no es la mejor. La puerta falsa. Una salida fácil. Engañarte a ti mismo. Eso es lo que has decidido. Sabes que solo durará unas horas, que el placer no irá más allá de unos minutos y que, sin duda, estás enrolado. Pero conforme avanzas, la realidad se vuelve cada vez más insoportable, así como las personas, los días, los horarios, los cuestionamientos y todo aquello que te presiona.
Esto es lo que muchas personas no soportan, no entienden, no aceptan. No está permitido. Todos necesitamos alguna salida para no enloquecer con la vida que llevamos, con las presiones sociales, con nuestra propia existencia y nuestros demonios.
¿Tú cómo lo haces?
¿En qué te obsesionas?
En la limpieza, en el trabajo, en el orden, en los hombres o las mujeres, en el alcohol, en tener cosas materiales, en la belleza, en las novelas, en internet, en el arte, en la música, en seguir a tu banda favorita, en que a tu familia no le falte nada, en que los niños sean los mejores, en mejorar tu cuerpo, en la vida saludable, en la fe, en el deporte, en seguir a tu equipo favorito, en ser el alumno más destacado, en ser el hijo ejemplar.
Todo podría ser permitido, pero si ingieres una sustancia más fuerte que el alcohol todo cambia. Surge el estigma: eres el mariguano, el drogadicto. Pero al hacerlo tú cambias. No eres el mismo. Por un momento —y solo un momento— el mundo se detiene. Eres lo que siempre has querido ser. El miedo, el terror, la angustia se van, desaparecen. No existen. Solo estás tú y lo que quieres sentir, lo que quieres creer, hasta dónde quieres llegar, lo que te agrada. En ese instante no existen los demás, no hay horarios ni tiempo, no hay citas, obligaciones ni responsabilidades.
Es el estado perfecto que todos, en mayor o menor medida, quisiéramos experimentar, pero pocos se atreven a probar.
El precio, sí, es muy alto. La factura te la cobrará la vida en algún momento. Pero en ese instante eres tú, tu vida y tu ser en el mundo que siempre quisiste disfrutar, aunque muchas veces tu percepción esté alterada. Eso no lo sabrás sino mucho después.
Dicen que todo lo bueno dura poco y, para ti, en ese momento, eso es bueno.
Cuando estás al límite y crees que ya no habrá salida, que lo único que puedes hacer para intentar detener la bola de nieve que has creado es alejarte, lo haces: te alejas de todo. De compromisos, trabajo, escuela, familia. Todo con tal de no seguir. Aunque la verdad no eres consciente de ello hasta el momento en que estás saliendo de casa.
Tu hogar deja de serlo. Y casi siempre para siempre. El día que sales, nunca vuelves de la misma manera. Tu casa, tu cuarto, tus cosas —si es que aún tienes algo— ya no volverán a ser tuyas. No regresarás, porque ahora eres el indeseable, el peligro para la familia. Te quieren, pero lo más lejos posible. Vive tu vida, pero deja de chingarnos la existencia; bastante tenemos como para que seas una carga más. Eso nunca lo pensaste.
Nunca volverás a ser el mismo, para bien o para mal. La experiencia dice que la mayoría no sale bien librado. Sabemos que es un problema difícil y, con la satanización de los hechos actuales, no somos más que la escoria de la sociedad. La política gubernamental se enfoca en la prevención y en la atención a consumidores principiantes y adolescentes; por los demás ya no vale la pena invertir presupuesto ni hacer intentos de recuperación. Las estadísticas nos clasifican como casos perdidos.
Somos los que han perdido toda clase de derechos. Los que la gente “bonita” no ve o no quiere ver porque no encajan en su mundo de orden. La falla del sistema. El error en la Matrix. Los que estorban, los que deben desaparecer, los que no encajan en la sociedad, los indeseables. Los que no caben en ningún lado porque en todos se cerraron las puertas. Los que no conocen el éxito y no tienen derecho a hacerlo por el daño que le hacen a su cuerpo. Los que no tienen futuro. Los condenados. Las ovejas negras.
Y, sin embargo, a pesar de esta visión generalizada sobre el adicto, la realidad es otra. Hay un potencial enorme, como pocas personas lo tienen. Tal vez mal encauzado: energía de sobra, creatividad, talento, capacidades sorprendentes para la organización, la administración y el esparcimiento. Capacidad para obtener recursos y utilizarlos en cosas que podrían dejar a más de uno pensando.
No sé cómo sea la cárcel, porque nunca he estado en ella, pero este lugar tiene sus tragos amargos, bastante amargos. La vida aquí es dura, de una manera que la gente de afuera no puede imaginar. Lo que sucede rara vez se recuerda y menos se habla. Pero esta vez no. Esta vez no será así.
Tu mundo bello y ordenado, como quiera que lo hayas construido, terminó. Y no al ingresar: tú lo eliminaste, lo exterminaste, lo destruiste como un soldado hambriento de sangre en guerra. Ahora lo único que queda es un camino desconocido, desolado, del cual no sabes si vas a sobrevivir.